¿Hasta qué punto tanta libertad es buena?
Cómo intentar construir un espacio completamente libre puede terminar creando exactamente lo contrario.
Me puse a pensar en Telegram, WikiLeaks, la dark web y en esa vieja promesa de Internet de ser un lugar libre.
Y pensé en un experimento bastante sencillo.
Supongamos que mañana creamos una plataforma.
No importa realmente qué haga. Puede ser una red social, un servicio de mensajería, un foro o cualquier otra cosa. Para este ejercicio da exactamente igual.
Lo importante son sus principios:
- Cifrado de extremo a extremo.
- Anonimato.
- Privacidad.
- Libertad de expresión.
- Libertad de prensa.
- La menor intervención posible.
Una plataforma construida alrededor de una premisa aparentemente maravillosa:
Aquí eres libre.
Suena bien.
De hecho, suena muy bien.
Hasta que empiezas a pensar qué significa realmente eso.
Porque tarde o temprano alguien utilizará esa libertad para hacer algo que jamás imaginaste.
Y ahí empieza el problema.
Construiste una herramienta. Alguien más construyó un arma.
La tecnología tiene una característica bastante incómoda: rara vez distingue entre buenas y malas intenciones.
- El cifrado que protege la conversación entre un periodista y una fuente también puede proteger la conversación entre dos criminales.
- El anonimato que permite denunciar corrupción también puede proteger a alguien que acosa a otra persona.
- La infraestructura que permite distribuir información censurada también puede distribuir contenido absolutamente despreciable.
La tecnología simplemente funciona.
Nosotros somos quienes decidimos qué hacer con ella.
Y entonces aparece una pregunta bastante más difícil que diseñar la aplicación:
¿Hasta dónde estamos dispuestos a defender la libertad cuando alguien utiliza esa misma libertad para hacer algo que consideramos intolerable?
Porque decir “libertad de expresión” es fácil cuando estamos de acuerdo con lo expresado.
La prueba realmente comienza cuando no lo estamos.
Hagamos una pequeña anarquía digital
Volvamos al experimento.
Tenemos 1,000 usuarios.
- No existen moderadores.
- No existen administradores.
- No existe censura.
- No existen reglas.
- Nadie puede expulsarte.
- Nadie puede decirte qué publicar.
- Nadie puede intervenir en tus conversaciones.
Libertad absoluta.
Durante los primeros días probablemente sería fantástico.
Hasta que aparecen veinte personas dispuestas a aprovecharse del sistema.
Comienzan a acosar.
Amenazan.
Estafan.
Organizan grupos.
Intimidan a otros usuarios.
Los demás empiezan a marcharse.
Y ocurre algo curioso.
Nuestra plataforma continúa siendo, técnicamente, completamente libre.
No existe ninguna autoridad.
Pero algunos usuarios ya no se sienten libres dentro de ella.
Entonces descubrimos algo bastante incómodo:
eliminar la autoridad no elimina el poder.
Solamente cambia quién lo ejerce.
Puede ejercerlo un gobierno.
Puede ejercerlo una empresa.
Puede ejercerlo una mayoría.
Puede ejercerlo una organización.
O puede ejercerlo simplemente la persona más dispuesta a aprovecharse de que nadie puede detenerla.
Nuestra pequeña utopía acaba de desarrollar su primer problema político.
La libertad absoluta tiene una pequeña falla: los demás también existen
Quizá uno de los errores más comunes al hablar de libertad sea imaginarla como:
“Puedo hacer lo que quiera.”
Suena lógico hasta que agregamos una segunda persona.
Ahora somos tú y yo.
Tú eres libre.
Yo también.
Perfecto.
¿Pero qué sucede cuando ejercer tu libertad destruye la mía?
Ahí las cosas dejan de ser tan sencillas.
- Puedes decir que mi trabajo es una mierda.
- Puedes decir que mis ideas son estúpidas.
- Puedes criticar al gobierno.
- Puedes burlarte de una empresa.
- Puedes creer en Dios, en varios dioses o en absolutamente ninguno.
- Puedes tomar decisiones que yo jamás tomaría.
Incluso deberías tener derecho a equivocarte.
Porque tu vida es tuya.
Pero difícilmente podemos utilizar ese mismo argumento para justificar que puedas robarme, atacarme, extorsionarme o esclavizarme.
¿Por qué?
Porque yo también soy libre.
Y aquí la discusión cambia completamente.
Ya no estamos hablando de limitar la libertad.
Estamos hablando de hacer compatibles las libertades de diferentes individuos.
La paradoja de una sociedad libre
Una sociedad que quiere proteger la libertad probablemente necesita algunas restricciones.
Y sí, suena contradictorio.
Pero pensemos en algo sencillo.
Un semáforo limita tu libertad.
No puedes atravesar una avenida exactamente cuando quieras.
Rojo significa detenerte.
Qué autoritario.
Hasta que recuerdas que otros automóviles también existen.
La pequeña restricción permite que millones de personas puedan desplazarse con mucha más libertad de la que tendrían si todos pudieran cruzar cuando les diera la gana.
Las reglas no necesariamente son enemigas de la libertad.
Algunas existen precisamente para hacerla posible.
El verdadero problema aparece cuando esas reglas dejan de proteger a los individuos y comienzan a controlarlos.
Y ahí entramos en otro territorio bastante peligroso.
Porque tampoco podemos confiar ciegamente en quien pone las reglas
Supongamos que solucionamos nuestro experimento anterior nombrando un administrador.
Excelente.
Ahora alguien puede expulsar a los acosadores.
Puede detener estafas.
Puede intervenir cuando existen amenazas.
Problema solucionado.
Bueno…
Ahora tenemos otro.
Nuestro administrador descubre que también puede expulsar a quienes lo critican.
Puede borrar publicaciones incómodas.
Puede favorecer a sus amigos.
Puede cambiar las reglas.
Puede decidir qué opiniones son aceptables.
Acabamos de solucionar el abuso entre usuarios creando la posibilidad del abuso institucional.
Felicidades.
Inventamos el gobierno en aproximadamente quince minutos.
Y ahora tenemos una pregunta todavía peor:
¿Quién vigila al que vigila?
Esa pregunta explica buena parte de nuestra historia política.
- Constituciones.
- Separación de poderes.
- Tribunales.
- Debido proceso.
- Libertad de prensa.
- Derechos fundamentales.
- Límites al gobierno.
Muchas de estas instituciones no existen porque debamos confiar absolutamente en quien tiene el poder.
Existen precisamente porque no deberíamos hacerlo.
Telegram es interesante precisamente por esto
Telegram resulta fascinante como caso de estudio porque representa muchas de las contradicciones de Internet.
- Privacidad.
- Comunidades enormes.
- Canales públicos.
- Pseudonimato.
- Distribución de información.
- Resistencia histórica a ciertas formas de intervención.
Todo eso puede utilizarse para cosas extraordinarias.
- Organización ciudadana.
- Periodismo.
- Comunicación en lugares donde existe censura.
- Distribución de información que gobiernos o instituciones preferirían mantener oculta.
Pero una infraestructura que dificulta controlar a quienes hacen cosas legítimas también puede dificultar controlar a quienes hacen cosas terribles.
No porque la privacidad sea mala.
Sino porque la privacidad no tiene brújula moral.
El cifrado no sabe si eres periodista o criminal.
El anonimato tampoco.
Y probablemente queremos que siga siendo así.
Porque si construimos una puerta que solamente puedan atravesar “los buenos”, alguien tendrá que decidir quiénes son los buenos.
Y ahora regresamos al problema anterior.
Entonces, ¿cuánta libertad?
Quizá estamos haciendo mal la pregunta.
Tal vez no deberíamos preguntarnos:
¿Cuánta libertad debemos permitir?
Sino:
¿Cómo conseguimos que la libertad de una persona pueda coexistir con la libertad de las demás?
Eso cambia muchísimo las cosas.
Porque entonces la libertad deja de significar ausencia absoluta de reglas.
Significa autonomía.
- Mi vida me pertenece.
- Mis pensamientos me pertenecen.
- Mis comunicaciones me pertenecen.
- Mi identidad me pertenece.
Puedo decir cosas incómodas.
Puedo cuestionar instituciones.
Puedo criticar empresas.
Puedo publicar información que alguien poderoso preferiría ocultar.
Puedo tomar decisiones sobre mi propia vida aunque los demás crean que estoy cometiendo un error.
Pero esa misma filosofía significa reconocer exactamente los mismos derechos en los demás.
Y ahí aparece el límite.
No porque una autoridad considere algo desagradable.
No porque una mayoría considere algo inmoral.
No porque una empresa considere una opinión inconveniente.
Sino cuando ejercer nuestra libertad comienza a destruir injustificadamente los derechos de otra persona.
Es una frontera imperfecta.
Complicada.
Discutible.
Y probablemente siempre lo será.
El verdadero enemigo quizá nunca fueron las reglas
Tal vez fue el poder arbitrario.
- El poder del Estado para vigilarte sin justificación.
- El poder de una empresa para decidir qué puedes decir.
- El poder de una mayoría para silenciar una minoría.
- Pero también el poder de un individuo para destruir la libertad de otro aprovechándose de que nadie puede detenerlo.
Entonces quizá una sociedad verdaderamente libre no es aquella donde nadie tiene límites.
Es aquella donde nadie tiene poder ilimitado sobre los demás.
- Ni el gobierno.
- Ni las empresas.
- Ni las mayorías.
- Ni nosotros mismos.
Y curiosamente eso hace que la libertad sea bastante más complicada que gritar:
“Que cada quien haga lo que quiera.”
Porque construir libertad no consiste únicamente en quitar reglas.
Consiste en construir un sistema donde podamos vivir nuestras propias vidas sin convertirnos en propiedad de alguien más.
Y quizá ahí está la contradicción más bonita de todo esto:
para ser realmente libres necesitamos limitar nuestra capacidad de quitarles la libertad a los demás.
La libertad absoluta probablemente no existe.
Pero una sociedad que desconfía del poder, protege al individuo y permite que ideas incluso incómodas puedan existir…
quizá sea lo más cerca que podemos estar.
Y sí.
Es muchísimo más complicado que poner “100 % libre” en la descripción de una aplicación.